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Archive for the ‘Cuentos’ Category

Érase una vez…

Érase una vez un hombre que se había pasado media vida buscando un tesoro. El pensaba que eso le haría el hombre más feliz del mundo. Buscó, buscó, buscó … pero no halló ninguno.  De sus viajes heredó alegrías y esperanzas pero también sufrimientos y derrotas. Había conocido a hombres ricos y pobres también. Muchos tenían tesoros, pero él no. Al menos así lo creía. A veces se entristecía, otras se daba ánimos así mismo diciéndose: ¡algún día, quizás, en algún lugar, quizás¡

Pero un buen día, como todos los que amanecen y atardecen, dejó de buscar. Se retiró a una pequeña  aldea donde se construyó una casa en una pequeña tierra, la cual le daría lo suficiente para vivir. Tenía amigos y vecinos que le querían y respetaban; el sentimiento era mutuo. Algunos días, cuando el tiempo lo permitía iba a la taberna a compartir un juego de cartas y un vino. Se contaban las penas y alegrías, y volvía a casa.

Un buen día como todos los que amanecen y atardecen, estaba trabajando en su finca. Su caballo y él araban la tierra formando surcos rectos y a veces torcidos. Cuando se encontraba una piedra, se paraba, excavaba la tierra y la retiraba; del mismo modo siempre, igual que aquella vez.  Él y su caballo tropezaron, se pararon y el hombre comenzó a excavar tratando de retirar la piedra.  No era tal piedra sino un paquete atado en tela roja ya raída. Asombrado pero con curiosidad, comenzó a desenvolver el paquete. Su asombro era cada vez mayor.  Halló un baúl, lo abrió y miró en su interior: una perla roja, con reflejos naranjas y amarillos; y si lo miraba al trasluz, rosas y verdes. A su lado un manuscrito que decía:

 “ Esta es la más pequeña de las perlas de un gran tesoro, del que hablan los cuentos e historias de tus padres,  y los padres de tus padres desde generaciones. Para encontrarlo debes viajar lejos, muy lejos…

Y tras todas estas hazañas, por fin, hallarás el lugar indicado. Subirás montañas y llegarás a la cima. Allí hay una compuerta guardada por seres mitológicos, duendes y otros que no verás y no te dejarán pasar. Si consigues penetrar bajaras miles de escaleras, llegarás a un salón inmenso donde nuevamente se te podrá a prueba. Si eres digno entrarás allí donde todo es luz y agua fresca; oro y plata, esmeralda y jade…Y si no lo eres, volverás a tu tierra y a tu casa, pero quedarás marcado para siempre”.

El hombre no salía de su asombro. No sabía si reír, gritar o saltar de contento por su hallazgo. Cuando miraba a la perla, se alegraba; cuando miraba el manuscrito, se entristecía, por que estaba cansado. Pensó mucho tiempo y no sabía qué hacer. Así que cogió la perla y la metió de nuevo en el baúl junto al manuscrito. Lo dejó al borde de su tierra, junto a un riachuelo, al pie de un árbol que estaba rodeado de juncos verdes.

 Y pasó un día como todos los que amanecen y atardecen. Y pasó otro día y otro y muchos más. El hombre miraba todos los días el lugar donde señalaba su tesoro, y pensaba en el arduo trabajo que le costaría llegar al gran tesoro. Incluso podría morir en el intento¡.  Pensaba y volvía a la tierra; pensaba y volvía a la faena; pensaba y volvía a los amigos; pensaba y volvía a su tesoro.

Un día como todos los que amanecen y atardecen, decidido, aunque con temor, cogió el baúl, la perla, el escrito, bebió agua fresca y …

 

II parte:

….” el hombre cogió su caballo, la perla, y unas pocas pertenencias que cabía en unas alforjas viejas. Se despidió de sus amigos y salió al camino en dirección a su tesoro, tal y como había sido escrito en el manuscrito.
Pasaron muchos días, y el hombre caminaba unas veces deprisa y otras despacio, Cuando hacía frío o llovía buscaba refugió para él y su caballo; otras pasaba frío y se mojaba, Otras el sol calentaba suavemente su cuerpo y las estrellas, con su luz, cuidaban su sueño.
En su alegría jugaba haciendo bromas con su caballo: saltando, galopando, caminando… A veces cogía piedras del camino y las juntaba con su perla haciendo malabares divertidos con ellas. Todos los seres allá donde iba disfrutan con su risa.
Cuando flaqueaban las fuerzas cogía la perla fuertemente por que así podía sentir que su tesoro estaba esperando.
Pasaron muchos días, como todos los que amanecen y atardecen y el hombre empezó a dudar de la existencia del tesoro. En ese momento se aferró con más fuerza a su única prueba de su existencia: la perla de reflejos naranjas y verdes.

Fue entonces cuando la perla comenzó a aumentar de tamaño.  Cuanto más temía el hombre perder la perla, ésta crecía más y más y se hacía más pesada. Sus colores se fueron tornando cenizos, perdiendo su brillo.
Pasó el tiempo y el caballo empezó a resentirse.  El peso era tan grande que el hombre tenía que arrastrar a su caballo, incluso llegó a maltratarlo. El caballo enfermó pero el hombre insistía en continuar su camino.  Unas veces la ataba al caballo, otras se las cargaba él mismo a la espalda para que pudiesen caminar. 
Un día, como todos los que amanecen y atardecen, el hombre cansado caminaba lentamente por un paraje verde cerca el mar.

Y el hombre quiso ver el mar. Comenzó a subir una empinada y pedregosa senda. El hombre animaba a su caballo pero la piedra era muy pesada. Se agotó tanto que llegó exhausto a aquel alto desde donde veía el mar. Desde allí vio rocas cortando el paisaje en un abrupto final. Y era bello.

El hombre miró a su caballo y a la pesada piedra y sintió todo el dolor y el cansancio de tan vano esfuerzo. Se enfadó mucho consigo mismo por permitir que su deseo de poseer la perla hiciera que ésta creciera desmesuradamente.

De repente, desató la piedra y con todas sus fuerzas la arrojó hacia las rocas. Ésta cayó pesadamente encajándose entre dos rocas son que pudiera hundirse del todo.

El hombre miró la perla sin apenas distinguirla de otras rocas. Sintió un profundo dolor por la pérdida de su tesoro. Y lloró…

Se quedó un rato contemplando la línea difusa donde el mar y el cielo no pueden separarse. Atardeció, el cielo era rojo y luego vio las estrellas. Entonces el hombre se sintió libre. El y su caballo se fueron a descansar a una aldea cercana.
Pasaron los días, como todos los que amanecen y atardecen y el mar acariciaba la piedra desgastándola y pudiéndola poco a poco. A medida de que disminuía su tamaño, el mar la iba tiñendo de infinitas tonalidades azules hasta que se convirtió de nuevo en una perla, la cual contenía en sí toda la profundidad de los océanos.  Pero el hombre no quería seguir su camino sin al menos un pedazo de la piedra, al fin y al cabo, era la promesa de su tesoro. Volvió a la costa. bajó entre las rocas buscando la piedra pero no la halló, Vio entonces que, sumergida en el agua, entre dos rocas, había una hermosa perla azul. Se maravilló y sonrió. El hombre cogió de nuevo la perla y la colocó en las alforjas viejas que tenían agujeros pero el hombre libre ya no tenía miedo de que la perla decidiese quedar en cualquier recodo del camino.

 

Continuará…

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